Con frecuencia cuando digo a la gente a qué me dedico, sale por mis labios la coletilla: «la lingüística computacional la utilizas a diario y facilita tu vida cotidiana»; y aunque parezca un tópico, es una realidad. Desde un traductor automático a un contestador inteligente son herramientas que nos ayudan a desempeñar nuestro trabajo diariamente. Nadie se pregunta a estas alturas para qué sirven estos recursos, porque están íntimamente ligados a nuestra cotidianidad, sin embargo existen otras herramientas que también pueden ser útiles si lo que se pretende es conocer las características léxicas de un texto o hacer un estudio del estilo de un autor, o cualquier otra tarea que se centre en el estudio de las palabras. Algunas de las herramientas que puedes encontrar a este respecto son SketchEngine, WordSmith o ACL.
Estos recursos para el análisis léxico pueden ofrecernos distintas utilidades, por ejemplo: el primero de ellos se puede utilizar para estudiar de un conjunto de textos (corpus) la concordancia léxica, es decir, cuáles son las palabras que pueden aparecer inmediatamente antes o después de un determinado sustantivo o verbo. Este análisis es útil para la creación de diccionarios o mapas conceptuales. El segundo de ellos puede utilizarse además para el estudio de la frecuencia de las palabras o analizar las palabras en contexto, entre otras cosas. Y el tercero, el Análisis comparativo de léxico (ACL), desarrollado por el IIC puede ayudarle a trabajar en la comparación de dos textos cualesquiera que sean para así poder medir la riqueza léxica, la distintividad de las palabras que usan los autores o en definitiva saber si se trata de un buen texto o uno pobre.
Quizá no todos necesitemos estudiar de una manera tan minuciosa el vocabulario que manejamos, el que se emplea en una campaña publicitaria o el que se empleaba en épocas antiguas, pero quién no lleva un pequeño escritor dentro y quiere probar su valía.
En el siguiente post desmentiremos un viejo enfrentamiento entre genios de la pluma.